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DÍA DE LOS PATRONOS. (8 DE FEBRERO DE 2020)

El día comenzó en la Parroquia de Santo Domingo de Guzmán, en La Laguna, a las 10:30 h, lugar desde el que se inició la peregrinación a la Santa Iglesia catedral. 

D. Cristóbal Trujillo explicó la historia del templo parroquial de Santo Domingo y el arte que guarda en su interior. 

Se repartió una cruz bendecida que llevaríamos al cuello y se puso en nuestras manos la imagen del Niño Jesús, como hicieron Simeón y Ana cuando María y José fueron al Templo de Jerusalén. 

Y llevado por turnos entre los miembros de Vida Ascendente, se inició la peregrinación a la Catedral para entrar por la Puerta Santa.






Al llegar a la Catedral, Dña. Rosa, encargada de los peregrinos en la Puerta Santa nos acogió e informó de las condiciones para ganar la indulgencia. El Mayordomo del Cabildo Catedral, D. Norberto C. Hernández, nos introdujo en el templo e hicimos la renovación de las promesas bautismales. La Celebración de la Eucaristía, presidida por el Obispo D. Bernardo Álvarez Afonso, comenzó a las 13:00 h. Una celebración compartida y en la que recordamos lo que realmente es importante en nuestra vida de fe.



Posteriormente, y en el Restaurante del Casino de La Laguna, tuvo lugar un almuerzo de fraternidad en el que compartimos tanto la comida como el testimonio de nuestras amigas Encarna que estuv en el Encuentro de Interdiocesanas en Madrid, así como de Inmaculada que representó a la diócesis en el Encuentro en Roma de Mayores y pudieron saludar personalmente al Santo Padre, el Papa Francisco. 

Se sorteó la imagen del Niño Jesús que, en esta ocasión se fue al grupo de Tegueste. Y se concluyó la jornada llenos de alegría y buen ánimo.

También en la isla de La Palma se reunieron el mismo día, en la Parroquia del Paso. En breve les enviaremos una crónica del Consiliario insular D. Miguel Jesús Guerra.


ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR. Domingo 3º de Pascua C


En las apariciones de Cristo Resucitado constatamos el interés que Él tiene porque los discípulos tengan la certeza, más allá de toda duda, de que ha resucitado y está vivo, de que todo eso estaba ya anunciado y que había que darlo a conocer en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra” (Hch 1, 8).

El Evangelio de este domingo nos presenta la tercera aparición de Jesucristo Resucitado a los discípulos, que están iniciando su vida normal.

En medio de la pesca, descubren la presencia de Cristo Resucitado. Ellos conocen, como nadie, el lago, han pescado toda la noche y ahora, de repente, y por indicación de un desconocido, se llenan las redes de peces. ¿Cómo es esto posible? ¿Qué ha pasado?

“¡Es el Señor!” dice Juan, el más clarividente de todos.

Y es importante observar que durante la comida, “ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor”.

Se ha cumplido, por tanto, el primer objetivo de las apariciones: llevar al ánimo abatido de los discípulos la certeza de que el Señor había resucitado.

Aquella comida es signo de la Eucaristía, el gran banquete de la Iglesia, y en el que “pregustamos y tomamos parte” del banquete del Cielo, que nos presenta Juan en la segunda lectura.

Dice S. Jerónimo que 153 eran los peces conocidos entonces. Y es posible que pueda ser en Juan, un signo de la universalidad de la Iglesia, a la que todos estamos llamados.

Y la Iglesia tendrá como cabeza visible a Pedro que, después de la comida, es examinado sobre el amor y es confirmado en la misión que el Señor le había anunciado. ¡Hasta ese punto le perdona el Señor!

En la primera lectura comprobamos cómo se está cumpliendo también el tercer objetivo: dar testimonio en todas partes de Cristo resucitado con la luz y la fuerza del Espíritu Santo.

En efecto, los apóstoles se presentan ante el Sanedrín como testigos de la Resurrección. Y formulan lo que nosotros conocemos como “la objeción de conciencia”: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Y, una vez azotados, “salen contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús”.

Y es particularmente importante lo que les dice el Sumo Sacerdote: “Habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre”.

Queridos amigos: en nuestro tiempo en el que urge por todas partes el anuncio de esta Buena Noticia, sería muy importante retener esta expresión: “habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza”, y considerar hasta qué punto, es una realidad o no, en nuestros pueblos y ciudades.

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!

ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR. Domingo 2º de Pascua C


¡Hemos llegado a la Octava de Pascua! Durante esta semana hemos estado celebrando cada día, aunque fuera jornada laboral, la solemnidad de la Resurrección del Señor.

Ya sabemos que la Resurrección es un acontecimiento muy grande, con unas consecuencias prácticas muy notables, y no cabe en un solo día. Por eso son 50 los del Tiempo Pascual.

En cada Celebración se ha ido repitiendo el mismo esquema: en la primera lectura, del Libro de los Hechos, hemos escuchado algún testimonio de los apóstoles acerca de la Resurrección, después de Pentecostés. Y, en el Evangelio, alguna de las apariciones de Cristo resucitado a los discípulos (hombres y mujeres).

Lógico es que al llegar el día octavo se nos presente, en el Evangelio, la aparición de ese día.

La primera lectura, en lugar del testimonio de un apóstol, nos presenta el de toda la primera comunidad cristiana: cómo vivían los primeros creyentes en la Resurrección. Y al ser domingo, se añade una segunda lectura, que es el comienzo del Libro del Apocalipsis.

El Evangelio nos presenta en toda su crudeza el tema de la fe. Y sería fácil quedarnos con la conclusión de que Tomás era malo porque no creyó y nosotros, buenos, porque sí creemos… ¡Y ya está!

ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR. Domingo 29º del T. Ordinario A


Después de la Entrada de Jesús en Jerusalén, se va acrecentando la conjura, la oposición de unos y otros, hasta llevarle a la Cruz. Contemplamos en el Evangelio cómo algunos se acercan a Cristo con alguna pregunta capciosa para comprometerle y poder acusarle. Este domingo el Evangelio nos presenta ésta : “¿Qué opinas? ¿Es lícito pagar el tributo al César o no?”.

En tiempos de Jesús, Palestina se encontraba bajo la dominación de Roma. Ya sabemos que la inmensa mayoría de los judíos era contraria a esta situación. Muchos pensaban que, cuando viniera el Mesías, aquello se acabaría. Algunos, por el contrario, se aliaban con el dominador y cobraban los impuestos. Eran los publicanos.

Es fácil darnos cuenta de la dificultad que tiene la pregunta que le hacen a Jesucristo: si dice que sí hay que pagar el tributo al César, quedaba mal con los judíos que, como decía, anhelaban la libertad y la independencia de Roma; si decía que no había que pagar, aparecía como contrario a las autoridades romanas. El Señor se da cuenta de “su mala voluntad” y les dice: “¡Hipócritas! ¿Por qué me tentáis?” Y, al mismo tiempo, les da una respuesta sorprendente, llena de sabiduría humana y divina: “Pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

Esta respuesta de Jesucristo ha cruzado la historia, y ha entrado en el lenguaje común cuando se trata de la relación entre la religión y la política, que siempre despierta recelos y divergencias entre unos y otros. Y además, ¡cuántas enseñanzas entrañan estas palabras del Señor! Veamos:

“Pagadle al César lo que es del César”. Los apóstoles, siguiendo el ejemplo y las enseñanzas del Señor, decían a los cristianos que “toda autoridad viene de Dios”, y, por tanto, hay que obedecer sus disposiciones y contribuir al bien común, siempre que no entren en contradicción con los valores del Reino (Rom 13, 1). Que el gobernante es “un servidor de Dios para hacer justicia y castigar al que obra mal” (Rom 13, 4). Que hay que dar “a cada cual lo que se debe: a quien impuestos, impuestos, a quien tributo, tributo, a quien respeto, respeto, a quien honor, honor” (Rom 13,7). Y, en algunas ocasiones, piden a los cristianos que se haga oración por los que gobiernan (1Tim 2,1-4). Por tanto, los discípulos de Jesucristo nunca somos sospechosos de no dar a las autoridades la ayuda y consideración que merecen. ¡Y cuántas cosas nos recuerda la otra expresión: “Pagadle a Dios lo que es de Dios”! También tenemos deberes para con Dios. El deber más importante es reconocer a Jesucristo, como el Hijo de Dios, el Mesías, que tenía que venir. Y seguirle. Luego, debemos dar a Dios la adoración, la acción de gracias, la alabanza, que merece. A esta relación con el Padre del Cielo, la solemos llamar “virtud de la piedad”, que es la que regula las relaciones de familia, porque hemos sido constituidos, por el Bautismo, “miembros de la familia de Dios” (Ef 2,19).

Y Jesucristo es el maravilloso ejemplo de relación con Dios y con el César. Los cristianos tenemos que recordar siempre su advertencia: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás vendrá por añadidura” (Mt 6, 33).

El día del Domund nos anima a ponerlo en práctica.

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!

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