El Domingo del Buen Pastor nos ofrece la oportunidad de contemplar la Pascua desde esta perspectiva concreta. Jesús, dirigiéndose a los fariseos, les habla de su condición de Buen Pastor. De este modo, se identifica con el Dios del Antiguo Testamento, que se presenta, tantas veces, como Pastor del pueblo de Israel.Jesús se nos manifiesta como el Pastor Bueno, porque hay también pastores malos: por ejemplo, aquellos fariseos que le escuchan y toda la clase dirigente de Israel, que se han sentado en la “Cátedra de Moisés” (Mt 23,2ss). Recordemos también la enseñanza del profeta Ezequiel sobre los malos pastores (Ez 34,1-25), y la de Jeremías, que nos anuncia pastores según el corazón de Dios (Jer 3,15).
Todos sabemos lo que hace un pastor: cuidar de su rebaño: guía a las ovejas, las cuida y las alimenta. Cura a la enferma, está pendiente de las más débiles, busca a la que se ha perdido. Podríamos decir que atiende a las ovejas, en su conjunto, y a cada una en particular. Pero lo específico de Jesucristo, es llegar hasta “dar la vida” por el rebaño, porque Jesús no es un asalariado a “quien no le importan las ovejas”, como sucedía con los malos pastores.
“Yo soy el buen Pastor –dice- que conozco a las mías y las mías me conocen… Yo doy mi vida por las ovejas”. Y éstas no son palabras huecas, hiperbólicas, o imaginarias, porque esto es lo que estamos celebrando en este Tiempo de Pascua. Por eso, la Iglesia, exultante de gozo, proclama este día: "¡Ha resucitado el buen Pastor, que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su grey. Aleluya!”